Hace un par de semanas se suscitó una gran polémica respecto de la votación que el senador demócrata cristiano (DC) Adolfo Zaldivar realizó frente a la inyección de recursos para “salvar” al Transantiago. En la oportunidad, el citado ciudadano, rechazó la misiva gubernamental, en razón de su poca efectividad real, según propia confesión, a los distintos medios nacionales que le consultaban frente a su postura.
Tal posición, le costaría el juicio político de su partido (que se había comprometido por completo a aprobar el dinero) y duras críticas de sus pares de la Concertación. De hecho, la presidenta de la DC, en declaraciones realizadas al diario la Nación, señaló que “quienes somos de la Democracia Cristiana estamos por buscar soluciones, no por dar problemas" apuntando que los antecedentes respecto de la actitud asumida por su antecesor en la dirigencia “serán puestos a disposición del Tribunal Supremo"; dichos claramente críticos frente a la votación del senador aludido.
Ante tales antecedentes, no me cabe más que el cuestionarme, si somos tan demócratas como decimos serlo. Frecuentemente nos vanagloriamos de tener el país más serio en política financiera respecto de la región, qué somos los que tenemos los mejores resultados en materia de probidad de nuestras autoridades; e incluso, festinamos frente a desiciones de mandatarios extranjeros frente a temas de libertad de expresión – como el caso de Radio Caracas Televisión (RCTV) en Venezuela - con tanta libertad que olvidamos que nuestra casa tiene más mugre de la que podemos observar en la vereda del frente.
Cómo, entonces, poder entender el discurso público que nuestros representantes pululan a los cuatro vientos, si la realidad que observamos en razón de sus actuaciones es totalmente distinta? Cómo comprender, la dicotomía obvia de la contemplación del panorama político, si a cada instante el río se revuelve más y no existe ningún pescador que recoja los frutos de tal desorden?
Simplemente, no lo puedo entender. Como diría el gran filosofo alemán Ludwig Wittgenstein, “al parecer los juegos del lenguaje en que nos estamos moviendo no son los correctos” (Tractatus Philosophicus I); y, lamentablemente, no se atisban nubes blancas en el horizonte de los acontecimientos, más bien el panorama se ve igual de oscuro y con tintes de tormenta cada vez más fuertes.
Sin embargo, para no ser tan severo con nuestros políticos, si vemos la democracia como una facultad de las élites como se hacia en la vieja Grecia; tal vez podría entender el desbarajuste en que se mueven éstos ciudadanos, pero no justificarlos del todo.
Tal posición, le costaría el juicio político de su partido (que se había comprometido por completo a aprobar el dinero) y duras críticas de sus pares de la Concertación. De hecho, la presidenta de la DC, en declaraciones realizadas al diario la Nación, señaló que “quienes somos de la Democracia Cristiana estamos por buscar soluciones, no por dar problemas" apuntando que los antecedentes respecto de la actitud asumida por su antecesor en la dirigencia “serán puestos a disposición del Tribunal Supremo"; dichos claramente críticos frente a la votación del senador aludido.
Ante tales antecedentes, no me cabe más que el cuestionarme, si somos tan demócratas como decimos serlo. Frecuentemente nos vanagloriamos de tener el país más serio en política financiera respecto de la región, qué somos los que tenemos los mejores resultados en materia de probidad de nuestras autoridades; e incluso, festinamos frente a desiciones de mandatarios extranjeros frente a temas de libertad de expresión – como el caso de Radio Caracas Televisión (RCTV) en Venezuela - con tanta libertad que olvidamos que nuestra casa tiene más mugre de la que podemos observar en la vereda del frente.
Cómo, entonces, poder entender el discurso público que nuestros representantes pululan a los cuatro vientos, si la realidad que observamos en razón de sus actuaciones es totalmente distinta? Cómo comprender, la dicotomía obvia de la contemplación del panorama político, si a cada instante el río se revuelve más y no existe ningún pescador que recoja los frutos de tal desorden?
Simplemente, no lo puedo entender. Como diría el gran filosofo alemán Ludwig Wittgenstein, “al parecer los juegos del lenguaje en que nos estamos moviendo no son los correctos” (Tractatus Philosophicus I); y, lamentablemente, no se atisban nubes blancas en el horizonte de los acontecimientos, más bien el panorama se ve igual de oscuro y con tintes de tormenta cada vez más fuertes.
Sin embargo, para no ser tan severo con nuestros políticos, si vemos la democracia como una facultad de las élites como se hacia en la vieja Grecia; tal vez podría entender el desbarajuste en que se mueven éstos ciudadanos, pero no justificarlos del todo.
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