“Con la primera copa el hombre bebe vino; con la segunda el vino bebe vino, y con la tercera, el vino bebe al hombre” (Proverbio Japonés).En los últimos años, el consumo de vinos de alta calidad ha experimentado un fuerte impulso que ha originado, a su vez, una gran demanda en el mercado por parte de los chilenos de éste preciado producto. La cultura del vino, al igual que el mundo de la gastronomía, comienza a perder su hermetismo y se acerca a amplios sectores de la población que, cada vez, lo perciben como un elemento cultural y social de prestigio.
Sin embargo, éste fenómeno tan propio de décadas actuales, ya se vivía hace mucho tiempo en culturas tan lejanas como la egipcia, la griega o la judía. De hecho, en el Génesis (49:11) se comenta que el vino es la sangre de las uvas. Ovidio afirmaba que el vino y el amor son siempre buenos aliados y; Sir Walter Scout aseguraba, en su diario, que un buen vaso de vino era una graciosa criatura. Entre las múltiples alusiones que podemos encontrar en la historia sobre éste delicioso elixir.
Ahora, sabemos que el vino ha estado íntimamente ligado a nuestra cultura desde hace 7.000 años. El vino es una de las primeras creaciones de la humanidad. Los orígenes del vino datan de la Edad de Piedra y las primeras uvas se obtuvieron de parras silvestres. La vitis (nombre científico con el que se denomina a una cepa de vino), es por lo tanto, uno de los elementos más arcaicos que conocemos; siendo la cepa fósil más antigua que se ha encontrado de 50.000.000 años, la Vitis sezanensis.
De ahí en más, griegos y romanos, convirtieron el vino en un elemento clave para la civilización occidental. Muchas figuras de la mitología griega y romana están estrechamente ligadas con el mundo del vino. Así, podemos destacar a Dionisio, dios griego del vino, y a Baco, su homólogo romano.
La finalidad del vino ha sido diversa a lo largo de la historia; desde fines religiosos, curativos, medicinales y festivos o ceremoniales han sido, entre otros, los más destacados. En la Edad Media, la Iglesia, que necesitaba vino y era capaz de garantizar una continuidad de consumo, permitió la supervivencia de la Viticultura. Y… gracias a Dios!!! Esto se dio así, para que hoy, y en especial, en éstas fiestas patrias podamos disfrutar de todas sus cualidades y agradar de la mejor manera a nuestro exigente y a veces reacio paladar.
En Chile, varios factores contribuyen ha hacer de nuestros vinos los mejores de los países latinoamericanos: un suelo ligero y fértil, un clima oceánico y templado y una irrigación indispensable aportada naturalmente y en abundancia por los afluentes y ríos que bajan de los Andes hacia el Pacífico. Como Chile siempre escapo de la Filoxera (mayor plaga vinífera que ha devastado la producción histórica y mundial de vino), las vides nunca fueron injertadas. Las viñas en Chile tienen una vida de 100 años, en lugar de los 30 que tienen en promedio las vides europeas.
En el valle central que se extiende del este al oeste, desde los Andes al Pacífico, se elaboran los mejores vinos del país. Son vinos muy influidos por las tradiciones bordolesas (famosa región francesa productora de vino en el mundo, casi siempre con las variedades Cabernet Franc, Merlot y Cabernet Sauvignon. Curico y Maipú son las zonas más conocidas de éstos valles.
Otras regiones donde elaboran buenos vinos tintos son el valle del Aconcagua y la zona de Colchagua. Las variedades blancas que vinifican son el Chardonnay, la Sauvignon Blanc y la Riesling.
Como bodegas representativas del valle central podemos nombrar la Torres, bodega española, Viaña Undurraga, la más antigua, fundada en 1912 y Viña Santa Rita que elabora vinos tintos reconocidos.
Sin embargo, a pesar de ésta reconocida tradición vinícola que ostenta nuestro país, el pisco es el licor nacional para los extranjeros. El pisco, que se elabora en el norte del país es destilado de vino Moscatel y al igual que el vino, tiene una gran fama a nivel internacional; sólo aplacada por la producción peruana del mismo licor en cuestión.
Consejos a modo de Sommelier
Dentro de la amplia gama de cepas que podemos encontrar, hay un número de éstas, que por su excelencia y sus propiedades organolépticas (color, sabor y calidad) han traspasado las fronteras y se consumen en casi todo el mundo.
De éstas cepas, las más importantes, dentro de las blancas, son la Chardonnay, la Sauvignon Blanc, la Sémillon, la Riesling, la Moscatel, la Chenin Blanc y la Gewürztraminer, de origen alemán. La primera, la Chardonnay, es la uva blanca más apreciada en el mundo entero. Tiene suficiente capacidad de adaptación para elaborar vinos muy diferentes, desde un blanco joven, luminoso y seco, hasta el mejor espumoso natural, pasando por un dulce con podredumbre natural.
Esta variedad ofrece un vino vivaz, pleno y vigoroso. Sus aromas varietales se centran en el ámbar, la avellana, la mantequilla fresca, la madreselva y la menta verde. Como buena cepa blanca, ésta se puede degustar con mariscos, con carnes blandas y suaves (principalmente de aves) como el pollo, con quesos como el azul y también con arroces es un buen acompañamiento.
La Sauvignon Blanc, variedad también de origen francés, se distingue por sus aromas vegetales, muy acusados. Su carácter es frutal, posee aromas cítricos, tiene un sabor liviano fresco y balanceado; de ahí que éste vino se recomiende para un Foie Gras, por ejemplo, para toda clase de mariscos, pescados con salsas livianas y ensaladas.
La Sémillon, generalmente acompaña a la Chardonnay y la Sauvignon Blanc. Tiene aromas, sabores herbáceos y cítricos. Ésta variedad es buena con carnes de aves y con pastas con salsas mediterráneas, sin crema, con verduras, o tomate, ajo y oliva.
La Riesling, que disputa con la Chardonnay el carácter de reina de las cepas blancas, tiene aromas cítricos y florales, además de un paladar delicado y elegante. Un Riesling se desenvuelve perfecto con el aperitivo y también con quesos de cabra frescos o con ensaladas de endibias o lechugas. Incluso, en las versiones más ligeras y cítricas es posible intentar con un cebiche de lenguado o mixto con camarones.
El Moscatel, por su parte, es un vino que ofrece aromas primarios de geranio, más delicados o de tonos florales a jazmín o azahar, según la variedad. Estas características nos indican que es muy bueno con mariscos y sobre todo con comidas afrodisíacas, además de ser bueno con pescados suaves y con la carne de cerdo para bajarle la pesadez al cocinarse.
La Chenin Blanc, productora de vinos nerviosos, intensos y melosos cuando madura bien; muestra aromas y sabores de manzana, mazapán, nuez y miel. Perfecto acompañante de platos típicos de la cocina nativa o de la dieta Mediterránea, tales como, entremeses, frutos del mar, pescados, pastas y quesos.
La Gewürztraminer, que significa “especiado”, es una variedad blanca que adquiere un color rosado. Su aroma espaciado y afrutado se traduce en una fragancia a rosas y algunas veces a mango ideal en sus versiones secas para el aperitivo, pero también para acompañar quesos o fiambres ahumados resulta interesante. Las versiones dulces a la hora del postre quedan ideales.
Las cepas tintas, por otra parte, más conocidas a nivel internacional son la Cabernet Sauvignon, la Cabernet Franc, la Pinot Noir, la Merlot, La Tempranillo y la Syrah.
La Cabernet Sauvignon tiene demasiadas características organolépticas como para enumerarlas todas, pero en Chile nos muestra aromas a ciruelas y cedro, con notas a resina y minerales incomparables. Si tiene en sus manos un Cabernet Sauvignon con madera y de buen cuerpo, elija carnes rojas y no dude al momento de condimentarlas pero sin cometer excesos. La caza es un buen tema en los Cabernet así es que el ciervo, las codornices al vino tinto o el faisán pueden ir muy bien.
La Cabernet Franc, por otra parte, es pobre en taninos, corta de acidez y ligera en extractos, por lo que es un acompañante secundario de otras cepas por lo general. Debido a lo anterior es buena con las carnes de caza, carne de aves, ensaladas y comida rápida por la suavidad que posee.
La Pinot Noir huele a frutillas maduras, a moras o a ciruelas, pero no hay que tomar estos descriptores como ley. El Pinot Noir es un ejemplo clásico de variedad que es un vehículo para la expresión del lugar (del clima, del suelo, de la personalidad del productor). En general va bien con aves de caza, con quesos medianamente maduros, con guisos de vacunos no excesivamente pesados, con pescados grasos o, simplemente, con una pasta suave bañada en salsa de tomates. Todo depende del estilo del vino.
La Merlot tiene aromas a ciruelas, moras, chocolate, guindas maduras, algo de clavo de olor, entre otros descriptores. Con las versiones ligeras y frutales es buena investigar con algunos pescados grasos como el Salmón o con una corvina bajo una salsa suave de crema y pimienta. En las versiones más rotundas, concentradas y potentes (el caso de Pétrus es el paradigma) no hay que tener miedo y, sin dudar, la carne más roja o el plato más complejo y poderoso puede ir perfecto.
La Tempranillo posee aromas primarios de fresa y mora de gran nobleza y elegancia. Esta cepa va bien con guisos de legumbres o criollos, además de arroces como en las típicas paellas españolas.
La Syrah es una cepa oriental muy antigua (fenicios y romanos la cultivaban) que da vinos muy oscuros, herbáceos y cubiertos, concentrados y ricos en taninos, muy adecuados para la crianza y la conservación. El cordero, las carnes de cerdo especiadas a la manera hindú y, en general, todo tipo de carnes rojas o de guisos con personalidad potente como para sostener los fuertes argumentos del Syrah son buenos compañeros.Después de éste breve recorrido y de las recomendaciones acerca del vino que le hemos ofrecido en éste texto, los invitamos a que disfrute con moderación y alegremente éstas festividades y que, por supuesto, se tome un buen vaso de vino a nuestra salud, como de seguro nosotros lo haremos por usted….y que viva Chile mier...!!!!
Sin embargo, éste fenómeno tan propio de décadas actuales, ya se vivía hace mucho tiempo en culturas tan lejanas como la egipcia, la griega o la judía. De hecho, en el Génesis (49:11) se comenta que el vino es la sangre de las uvas. Ovidio afirmaba que el vino y el amor son siempre buenos aliados y; Sir Walter Scout aseguraba, en su diario, que un buen vaso de vino era una graciosa criatura. Entre las múltiples alusiones que podemos encontrar en la historia sobre éste delicioso elixir.
Ahora, sabemos que el vino ha estado íntimamente ligado a nuestra cultura desde hace 7.000 años. El vino es una de las primeras creaciones de la humanidad. Los orígenes del vino datan de la Edad de Piedra y las primeras uvas se obtuvieron de parras silvestres. La vitis (nombre científico con el que se denomina a una cepa de vino), es por lo tanto, uno de los elementos más arcaicos que conocemos; siendo la cepa fósil más antigua que se ha encontrado de 50.000.000 años, la Vitis sezanensis.
De ahí en más, griegos y romanos, convirtieron el vino en un elemento clave para la civilización occidental. Muchas figuras de la mitología griega y romana están estrechamente ligadas con el mundo del vino. Así, podemos destacar a Dionisio, dios griego del vino, y a Baco, su homólogo romano.
La finalidad del vino ha sido diversa a lo largo de la historia; desde fines religiosos, curativos, medicinales y festivos o ceremoniales han sido, entre otros, los más destacados. En la Edad Media, la Iglesia, que necesitaba vino y era capaz de garantizar una continuidad de consumo, permitió la supervivencia de la Viticultura. Y… gracias a Dios!!! Esto se dio así, para que hoy, y en especial, en éstas fiestas patrias podamos disfrutar de todas sus cualidades y agradar de la mejor manera a nuestro exigente y a veces reacio paladar.
En Chile, varios factores contribuyen ha hacer de nuestros vinos los mejores de los países latinoamericanos: un suelo ligero y fértil, un clima oceánico y templado y una irrigación indispensable aportada naturalmente y en abundancia por los afluentes y ríos que bajan de los Andes hacia el Pacífico. Como Chile siempre escapo de la Filoxera (mayor plaga vinífera que ha devastado la producción histórica y mundial de vino), las vides nunca fueron injertadas. Las viñas en Chile tienen una vida de 100 años, en lugar de los 30 que tienen en promedio las vides europeas.
En el valle central que se extiende del este al oeste, desde los Andes al Pacífico, se elaboran los mejores vinos del país. Son vinos muy influidos por las tradiciones bordolesas (famosa región francesa productora de vino en el mundo, casi siempre con las variedades Cabernet Franc, Merlot y Cabernet Sauvignon. Curico y Maipú son las zonas más conocidas de éstos valles.
Otras regiones donde elaboran buenos vinos tintos son el valle del Aconcagua y la zona de Colchagua. Las variedades blancas que vinifican son el Chardonnay, la Sauvignon Blanc y la Riesling.
Como bodegas representativas del valle central podemos nombrar la Torres, bodega española, Viaña Undurraga, la más antigua, fundada en 1912 y Viña Santa Rita que elabora vinos tintos reconocidos.
Sin embargo, a pesar de ésta reconocida tradición vinícola que ostenta nuestro país, el pisco es el licor nacional para los extranjeros. El pisco, que se elabora en el norte del país es destilado de vino Moscatel y al igual que el vino, tiene una gran fama a nivel internacional; sólo aplacada por la producción peruana del mismo licor en cuestión.
Consejos a modo de Sommelier
Dentro de la amplia gama de cepas que podemos encontrar, hay un número de éstas, que por su excelencia y sus propiedades organolépticas (color, sabor y calidad) han traspasado las fronteras y se consumen en casi todo el mundo.
De éstas cepas, las más importantes, dentro de las blancas, son la Chardonnay, la Sauvignon Blanc, la Sémillon, la Riesling, la Moscatel, la Chenin Blanc y la Gewürztraminer, de origen alemán. La primera, la Chardonnay, es la uva blanca más apreciada en el mundo entero. Tiene suficiente capacidad de adaptación para elaborar vinos muy diferentes, desde un blanco joven, luminoso y seco, hasta el mejor espumoso natural, pasando por un dulce con podredumbre natural.
Esta variedad ofrece un vino vivaz, pleno y vigoroso. Sus aromas varietales se centran en el ámbar, la avellana, la mantequilla fresca, la madreselva y la menta verde. Como buena cepa blanca, ésta se puede degustar con mariscos, con carnes blandas y suaves (principalmente de aves) como el pollo, con quesos como el azul y también con arroces es un buen acompañamiento.
La Sauvignon Blanc, variedad también de origen francés, se distingue por sus aromas vegetales, muy acusados. Su carácter es frutal, posee aromas cítricos, tiene un sabor liviano fresco y balanceado; de ahí que éste vino se recomiende para un Foie Gras, por ejemplo, para toda clase de mariscos, pescados con salsas livianas y ensaladas.
La Sémillon, generalmente acompaña a la Chardonnay y la Sauvignon Blanc. Tiene aromas, sabores herbáceos y cítricos. Ésta variedad es buena con carnes de aves y con pastas con salsas mediterráneas, sin crema, con verduras, o tomate, ajo y oliva.
La Riesling, que disputa con la Chardonnay el carácter de reina de las cepas blancas, tiene aromas cítricos y florales, además de un paladar delicado y elegante. Un Riesling se desenvuelve perfecto con el aperitivo y también con quesos de cabra frescos o con ensaladas de endibias o lechugas. Incluso, en las versiones más ligeras y cítricas es posible intentar con un cebiche de lenguado o mixto con camarones.
El Moscatel, por su parte, es un vino que ofrece aromas primarios de geranio, más delicados o de tonos florales a jazmín o azahar, según la variedad. Estas características nos indican que es muy bueno con mariscos y sobre todo con comidas afrodisíacas, además de ser bueno con pescados suaves y con la carne de cerdo para bajarle la pesadez al cocinarse.
La Chenin Blanc, productora de vinos nerviosos, intensos y melosos cuando madura bien; muestra aromas y sabores de manzana, mazapán, nuez y miel. Perfecto acompañante de platos típicos de la cocina nativa o de la dieta Mediterránea, tales como, entremeses, frutos del mar, pescados, pastas y quesos.
La Gewürztraminer, que significa “especiado”, es una variedad blanca que adquiere un color rosado. Su aroma espaciado y afrutado se traduce en una fragancia a rosas y algunas veces a mango ideal en sus versiones secas para el aperitivo, pero también para acompañar quesos o fiambres ahumados resulta interesante. Las versiones dulces a la hora del postre quedan ideales.
Las cepas tintas, por otra parte, más conocidas a nivel internacional son la Cabernet Sauvignon, la Cabernet Franc, la Pinot Noir, la Merlot, La Tempranillo y la Syrah.
La Cabernet Sauvignon tiene demasiadas características organolépticas como para enumerarlas todas, pero en Chile nos muestra aromas a ciruelas y cedro, con notas a resina y minerales incomparables. Si tiene en sus manos un Cabernet Sauvignon con madera y de buen cuerpo, elija carnes rojas y no dude al momento de condimentarlas pero sin cometer excesos. La caza es un buen tema en los Cabernet así es que el ciervo, las codornices al vino tinto o el faisán pueden ir muy bien.
La Cabernet Franc, por otra parte, es pobre en taninos, corta de acidez y ligera en extractos, por lo que es un acompañante secundario de otras cepas por lo general. Debido a lo anterior es buena con las carnes de caza, carne de aves, ensaladas y comida rápida por la suavidad que posee.
La Pinot Noir huele a frutillas maduras, a moras o a ciruelas, pero no hay que tomar estos descriptores como ley. El Pinot Noir es un ejemplo clásico de variedad que es un vehículo para la expresión del lugar (del clima, del suelo, de la personalidad del productor). En general va bien con aves de caza, con quesos medianamente maduros, con guisos de vacunos no excesivamente pesados, con pescados grasos o, simplemente, con una pasta suave bañada en salsa de tomates. Todo depende del estilo del vino.
La Merlot tiene aromas a ciruelas, moras, chocolate, guindas maduras, algo de clavo de olor, entre otros descriptores. Con las versiones ligeras y frutales es buena investigar con algunos pescados grasos como el Salmón o con una corvina bajo una salsa suave de crema y pimienta. En las versiones más rotundas, concentradas y potentes (el caso de Pétrus es el paradigma) no hay que tener miedo y, sin dudar, la carne más roja o el plato más complejo y poderoso puede ir perfecto.
La Tempranillo posee aromas primarios de fresa y mora de gran nobleza y elegancia. Esta cepa va bien con guisos de legumbres o criollos, además de arroces como en las típicas paellas españolas.
La Syrah es una cepa oriental muy antigua (fenicios y romanos la cultivaban) que da vinos muy oscuros, herbáceos y cubiertos, concentrados y ricos en taninos, muy adecuados para la crianza y la conservación. El cordero, las carnes de cerdo especiadas a la manera hindú y, en general, todo tipo de carnes rojas o de guisos con personalidad potente como para sostener los fuertes argumentos del Syrah son buenos compañeros.Después de éste breve recorrido y de las recomendaciones acerca del vino que le hemos ofrecido en éste texto, los invitamos a que disfrute con moderación y alegremente éstas festividades y que, por supuesto, se tome un buen vaso de vino a nuestra salud, como de seguro nosotros lo haremos por usted….y que viva Chile mier...!!!!
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